jueves, 11 de junio de 2015

1° capitulo del libro "The Carrie Diaries" en español

¡Hola! Como les habíamos dicho en facebook y twitter, ya tenemos el libro traducido, a continuación les dejamos el primer capítulo en español, estén al pendiente de nuestras redes porque en cualquier momento publicamos el pdf completo para que lo descarguen.



LOS DIARIOS DE CARRIE

Capítulo 1 Una princesa de otro planeta

Dicen que en un verano pueden pasar muchas cosas.

O no.

Es el primer día del último año del instituto, y, en mi opinión, estoy exactamente igual que el año pasado.

Y lo mismo le pasa a mi mejor amiga, Lali.

—Bradley, no olvides que este año tenemos que tener novio — dice mientras enciende el motor de la camioneta roja que ha heredado de uno de sus hermanos mayores.

—Tonterías. — Se suponía que íbamos a tener novio el año pasado y no lo hicimos. Abro la puerta del coche, entro y meto la carta en el libro de biología, donde supongo que no podrá hacer más daño—. ¿No podemos dejar a un lado todo eso de los novios? Ya conocemos a todos los chicos del instituto. Y…

—Eso es verdad — dice Lali mientras pone la marcha atrás y echa un vistazo por encima del hombro. De todos mis amigos, Lali es la que mejor conduce. Su padre es poli e insistió en que aprendiera a conducir cuando ella tenía doce años, por si acaso—. Pero he oído que hay un chico nuevo —añade.

—¿Y? El último chico nuevo que vino a nuestro instituto resultó ser un drogadicto que nunca se cambiaba de ropa.

—Jen P. dice que es lindo. Muy lindo.

—Ya… — Jen P. era la presidenta del club de fans de Leif Garrett en sexto curso —Si es lindo de verdad, Donna LaDonna se quedará con él.

—Tiene un nombre muy raro… —dice Lali—. Sebastian no sé qué. ¿Sebastian Pitt?

—¿Sebastian Kydd? —pregunto, casi sin aliento.

—Eso es —confirma mi amiga mientras se adentra en el aparcamiento del instituto. Me mira con suspicacia—. ¿Lo conoces?
Titubeo un poco antes de aferrarme con los dedos a la manija de la puerta. Siento el corazón en la garganta; temo que, si abro la boca, saltará afuera.

Niego con la cabeza.

Ya hemos atravesado la puerta principal cuando Lali se fija en mis botas. Son de charol blanco y una de ellas tiene una pequeña grieta junto a uno de los dedos, pero son botas auténticas de gogó de principios de los setenta. Supongo que estas botas han tenido una vida mucho más interesante que la mía.

—Bradley —dice mientras observa mi calzado con desdén—, como tu mejor amiga que soy, no puedo permitir que lleves esas botas el primer día del último año.

—Demasiado tarde —replico en tono alegre—. Además, alguien tiene que alborotar por aquí.

—No cambies nunca. —Lali forma una pistola con los dedos, besa la punta del índice y me apunta antes de dirigirse hacia su casillero.

—Buena suerte, Ángel —le digo.
Cambiar. Ja. No es que tenga muchas oportunidades de hacerlo. No después de la carta.
Querida señorita Bradshaw:
Le agradecemos que nos haya enviado una solicitud para ingresar en el seminario avanzado de verano para escritores de The New School.
Aunque sus historias son ingeniosas y prometedoras, lamentamos informarle de que no podremos ofrecerle una plaza en nuestro programa en esta ocasión.

Recibí la carta el martes pasado. La releí al menos quince veces, solo para estar segura, y luego tuve que acostarme. No es que crea que tengo mucho talento ni nada de eso, pero, por una vez en mi vida, esperaba tenerlo.

En cualquier caso, no le he hablado de ello a nadie. Tampoco le he dicho a nadie que  envié una solicitud, ni siquiera a mi padre. Él cree que sería una buena científica. Y, si no me van las estructuras moleculares, siempre puedo hacer biología y dedicarme a estudiar bichos.

Estoy en mitad del pasillo cuando veo a Cynthia Viande y a Tommy Brewster, la pareja bonita de Castlebury. Tommy no es muy brillante, pero es el jugador más importante del equipo de baloncesto. Cynthia, sin embargo, es la delegada de la clase de último año, la presidenta del comité de baile de graduación y un miembro destacado de la Sociedad de Honor Nacional; a los diez años ya había conseguido todas las insignias de las chicas exploradoras. Tommy y ella llevan saliendo tres años. Intento no pensar mucho en ellos, pero alfabéticamente mi apellido va justo delante del de Tommy, por lo cual mi casillero siempre está al lado del suyo y debo sentarme junto a él en la asamblea, así que estoy obligada a verlo (y a Cynthia) todos los días.

—Y no pongas esa cara de bobo durante la asamblea —le reprende Cynthia— Hoy es un día muy importante para mí. Ah, y no te olvides de que el sábado hemos quedado para cenar con papá.

—¿Qué pasa con mi fiesta? —protesta Tommy.

—Puedes salir de fiesta el viernes por la noche —replica Cynthia de mala gana.

Tal vez Cynthia tenga escondido su corazoncito en algún lugar, pero, si lo hay, nunca lo he visto.

Abro la puerta de mi casillero. De pronto, Cynthia levanta la vista y me ve. Tommy me observa con un rostro inexpresivo, como si no tuviera ni la menor idea de quién soy, pero Cynthia es demasiado educada para eso.

—Buenas, Carrie —dice a modo de saludo, como si tuviera treinta años en lugar de diecisiete.

Cambiar. Es difícil hacerlo en esta pequeña ciudad.

—Bienvenida al infierno —dice una voz a mi espalda.

Es Walt. El novio de otra de mis mejores amigas, Maggie. Walt y Maggie llevan dos años saliendo, y los tres hacemos casi todo juntos. Eso suena un poco raro, pero Walt es como una más de las chicas.

—Walt —dice Cynthia—, eres justo la persona a la que estaba buscando.

—Si lo que quieres es que me una al comité de baile de graduación, la respuesta es no.

Cynthia hace caso omiso de la pequeña broma de Walt.

—Se tMouse de Sebastian Kydd. ¿De verdad va a venir a Castlebury?
Otra vez no…

Tengo los nervios de punta, como las ramas de un árbol de Navidad.

—Eso es lo que dice Doreen. —Walt se encoge de hombros, como si le importara un comino.

Doreen es la madre de Walt, aunque también es una de las consejeras académicas en el Instituto Castlebury. Ella afirma saberlo todo, y le pasa la información a Walt… la buena, la mala y la que es completamente falsa.

—He oído que lo han echado de un colegio privado por traficar con drogas —dice Cynthia—. Necesito saber si vamos a tener problemas con él.

—No tengo ni la menor idea —replica Walt antes de dedicarle una gigantesca sonrisa falsa. Para Walt, Cynthia y Tommy son casi tan molestos como para mí.

—¿Qué clase de drogas? —pregunto con aire despreocupado mientras nos alejamos.

—¿Analgésicos?

—¿Como en El valle de las muñecas? —Es mi libro secreto favorito, junto con el DSM-III, un diminuto manual diagnóstico y estadístico sobre los trastornos mentales—. ¿Dónde demonios se consiguen analgésicos hoy día?

—Ay, Carrie, no lo sé —dice Walt, que ha perdido todo interés—. ¿Se los dará su madre?

—No es probable.

Me esfuerzo por recordar mi único encuentro con Sebastian Kydd, pero se me escapa.

Yo tenía doce años y empezaba a adentrarme en una etapa complicada. 

Tenía las piernas delgaduchas, el pecho plano como una tabla, dos espinillas y una mata salvaje de rizos. También llevaba unas gafas de ojos de gata y un gastado ejemplar del libro de Mary Gordon Howard ¿Qué pasa conmigo? Estaba obsesionada con el feminismo. Mi madre estaba remodelando la cocina de los Kydd, así que nos detuvimos en su casa para echar un vistazo al proyecto. De pronto, 

Sebastian apareció en la puerta principal. Y sin ningún motivo aparente, como llovido del cielo, le dije:

—Mary Gordon Howard cree que la mayor parte de las relaciones sexuales pueden considerarse violaciones.
Se hizo el silencio durante un buen rato. La señora Kydd sonrió. Estábamos a finales de verano, y su bronceado quedaba resaltado por sus pantalones cortos con un estampado espiral en tonos rosados y verdes. Llevaba una sombra de ojos blanca y pintalabios de color rosa. Mi madre siempre decía que la señora Kydd era considerada una gran belleza.

—Esperemos que no pienses lo mismo cuando te cases.

—Bueno, no pienso casarme. No es más que una forma legalizada de prostitución.

—¡Virgen santa! —La señora Kydd se echó a reír.

Y Sebastian, que se había parado en el patio de camino hacia la calle, dijo:

—Me voy.

—¿Otra vez, Sebastian? —exclamó la señora Kydd con cierto fastidio—. Pero si las Bradshaw acaban de llegar.
Sebastian se encogió de hombros.

—Voy a casa de Bobby a tocar la batería.
Yo lo seguí con la mirada en silencio y boquiabierta. Estaba claro que Mary Gordon Howard nunca había conocido a Sebastian Kydd.

Fue amor a primera vista.

Durante la asamblea, me siento al lado de Tommy Brewster, que está golpeando al chico que tiene delante con un cuaderno. Una chica del pasillo pregunta si alguien tiene un tampón, mientras que otras dos situadas detrás de mí susurran comentarios emocionados sobre Sebastian Kydd, quien parece volverse más y más famoso cada vez que alguien menciona su nombre.

—Me han dicho que estuvo en la cárcel…

—Su familia perdió todo su dinero…

—Ninguna chica ha conseguido retenerlo más de tres semanas…

Me quito a Sebastian Kydd de la cabeza fingiendo que Cynthia Viande no es una compañera de estudios, sino una extraña especie de pájaro. 

Hábitat: cualquier escenario que la soporte. Plumaje: falda de lana, camisa blanca con suéter de cachemira, zapatos cómodos y un collar de perlas que probablemente sean auténticas. No deja de cambiarse los papeles de un brazo a otro y de tirarse de la falda, así que puede que esté un poco nerviosa, después de todo. Sé que yo lo estaría. No querría estarlo, pero lo estaría. Me temblarían las manos y mi voz sonaría como un graznido, y después me odiaría por no haber sabido hacerme con el control de la situación.

El director, el señor Jordan, se acerca al micrófono y suelta un rollo sobre llegar a tiempo a las clases y sobre un nuevo sistema de castigos, y luego la señora Smidgens nos explica que el periódico escolar, The Nutmeg, busca reporteros y que hay una truculenta historia sobre la comida de la cafetería entre los asuntos por tMouser esta semana. Por fin, Cynthia se acerca al micro.

—Este es el año más importante de nuestras vidas. Nos encontramos al borde de un gran precipicio. Dentro de nueve meses, nuestras vidas se verán irremisiblemente alteradas —dice, como si se creyera Winston Churchill o algo así. Casi espero que añada que lo único que debemos temer es el miedo en sí, pero solo agrega—: Así que este año estará lleno de últimos momentos. Momentos que recordaremos siempre.

De pronto, Cynthia compone una expresión de fastidio cuando las cabezas de todos los presentes se vuelven hacia el centro del auditorio.

Donna LaDonna se acerca por el pasillo. Va vestida como una novia, lleva un vestido blanco con un profundo escote en V. Su enorme escote queda resaltado por un diminuto diamante colgado de una delicada cadena de platino. Su piel es como el alabastro; en una de sus muñecas, una constelación de pulseras plateadas cascabelea cuando ella mueve el brazo. La sala se queda en silencio.

Cynthia se inclina hacia el micrófono.

—Buenas, Donna. Me alegra que hayas podido venir.

—Gracias —replica Donna antes de sentarse.

Todo el mundo se echa a reír.

Donna inclina la cabeza hacia Cynthia y le brinda un pequeño saludo con la mano, como si le indicara que puede continuar. Donna y Cynthia son amigas, de esa forma extraña en que lo son dos chicas que pertenecen al mismo círculo social y que en realidad no se caen bien.

—Como iba diciendo —comienza Cynthia una vez más en un intento de volver a captar la atención de los presentes—, este año estará lleno de últimos momentos. Momentos que recordaremos siempre. —Le hace un gesto al tipo encargado de los audiovisuales y empieza a oírse la melodía de «The Way We Were» por el altavoz.

Suelto un gruñido y entierro la cara en mi cuaderno. Empiezo a reírme como todos los demás, pero luego recuerdo la carta y me deprimo de nuevo.

Sin embargo, cada vez que me siento mal intento recordar lo que aquella niñita me dijo una vez. Tenía una personalidad increíble… y era tan fea que resultaba hasta linda. Y era evidente que ella lo sabía también.

—¿Carrie? —preguntó—. ¿Y si yo fuera una princesa en otro planeta y nadie de este mundo lo supiera?

Todavía ahora esa pregunta me desconcierta. Porque ¿acaso no es cierto? Seamos quienes seamos, podríamos ser las princesas de algún otro lugar. O escritoras. O científicas. O presidentas. O cualquier otra cosa que queramos ser, aunque todos los demás no estén de acuerdo. 

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